Valencia fantasmagórica en la víspera de Difuntos

Un viaje a los mitos e historias del pasado nos llevó por el centro histórico de Valencia. El antiguo recinto romano de la ciudad, la ampliación del mismo hasta las murallas de la época musulmana… Todo cobra, en la pobre luz de la noche, un aspecto fantasmagórico que transforma el entorno en escenario idóneo para contar y escuchar historias, mitos, leyendas…

La noche de Difuntos, no siendo realmente especial salvo en nuestro fuero interno, es tan buena como otra para sumergirnos en el misterio y dejarnos llevar por la imaginación.

Partiendo de la plaza de la Virgen, centro histórico de la Valencia más ancestral, iniciamos nuestro viaje. Su actual configuración no ha cambiado mucho en los últimos dos mil y pico años, salvo por las sucesivas capas de olvido que dejaron debajo de sí un palacio musulmán, la necrópolis romana y, por fin, la isla que dejaba en su centro el antiguo río Turia, en el que fijaron su estancia por vez primera, dicen, los valientes legionarios licenciados con honor a los que Roma regaló la tierra sobre la que fundar la ciudad de los valientes, Valentia. Pero ésa es otra historia.

 

Ejecuciones en la plaza de la Almoina

Rodeamos la basílica de Ntra. Sra. de los Desamparados para, tras cruzar la arqueológica plaza de la Almoina, tropezarnos con el lugar en el que se encontraba, nos cuentan, el cadalso en el que se decapitaba o se quemaba directamente a cuantos osaban quebrantar la ley que la Iglesia y la nobleza imponía a capricho sobre el pueblo, sojuzgado y maltratado.

Paso elevado que une la Catedral de Valencia y el Palacio Arzobispal, construido en el siglo XVIII

Llegamos al espacio en el que la Catedral y el Palacio Arzobispal se unen por un puente pasadizo que permitía a la cúpula eclesiástica atender los oficios en la Seo sin pisar la calle. Fue construido en el siglo XVIII por encima de la calle de la Barchilla.

Entre dos luminarias, las de las dos farolas que se pueden observar en esta fotografía, se dibuja en el pavimento dos círculos concéntricos. El más pequeño marca la ubicación del cadalso sobre el que el hacha cortaba las cabezas de los reos. El más grande marca la situación de la hoguera en la que morían las mujeres acusadas por la Inquisición de brujería o las que, al enviudar, se negaban a casarse de nuevo.

 

La plaza de Lope de Vega, antiguo cementerio de Santa Catalina

Cruzamos la plaza de la Reina hasta llegar a la iglesia de Santa Catalina. La imponente torre se alza poderosa dominando un entorno único, con establecimientos míticos como la horchatería El Siglo o la de Santa Catalina, la remozada Plaza Redonda o la plaza de Lope de Vega, en la que se encuentra la finca más estrecha de España.

Cuando enfrento mi vista a la magnífica torre no puedo más que recordar que una vez hasta 16 campanas dieron vida a la torre, como tampoco que un día el arquitecto Goerlich proyectó arrasar el templo para abrir la ampliación de la calle de la Paz hasta la avenida del Oeste, dejando la torre justo en el centro de la calzada. La desgracia quiso que la torre se quedara sin campanas para fundir el metal y utilizarlo en la construcción de armamento, y la fortuna, que el proyecto de Goerlich fuera finalmente descartado.

Pero la sorpresa vino en la plaza de Lope de Vega. Hasta encontrarnos allí no adiviné que estábamos pisando suelo santo. Los recuperados arcos ciegos del muro de la iglesia de Santa Catalina recayente a esta plaza daban paso, siglos atrás, al cementerio parroquial del templo.

Iglesia y cementerio fueron construcciones cristianas sobre mezquita y cementerio musulmanes convertidas, como la Catedral, al cristianismo por orden del rey Jaime I. Santa Catalina, ya reconvertida en iglesia en 1245, pasaría a convertirse en una de las diez parroquias instauradas por el rey aragonés en la ciudad.

El cementerio, primero musulmán y luego cristiano, sobrevivió a los avatares de los tiempos, como el incendio sufrido por el conjunto arquitectónico en 1548, hasta el siglo XIX en el que el camposanto desapareció.

En 1760, el noble Antonio Pascual García de Almunia ya intentaba convencer al Ayuntamiento de lo conveniente de la construcción de un Cementerio General fuera de la ciudad de Valencia para evitar así el problema de higiene y salud pública que suponía seguir acumulando enterramientos en los templos parroquiales, como es el caso del cementerio de Santa Catalina.

En 1787 la Pragmática de Carlos III ordenaba la construcción de los cementerios fuera de las ciudades y la prohibición de inhumaciones dentro de las iglesias, pero el consistorio valenciano seguiría desoyendo los consejos de Antonio Pascual hasta 1804, cuando el Consejo Real tomó cartas en el asunto y dio un ultimátum sobre el tema. Los arquitectos municipales, Blasco y Sales, construirían el nuevo camposanto en la partida del molino del Tell, junto al camino de Picassent, abriendo sus puertas en 1807.

 

La horca, en la plaza del Mercado

En la plaza del Mercado, en el centro del espacio entre la Lonja y la iglesia de los Santos Juanes, nos encontramos con el punto que quizás concentre mayor oscuridad de la historia de la ciudad de Valencia. En él se llevaban a cabo las ejecuciones públicas y de hecho, en los primeros planes de la ciudad como el del italiano Mancelli o el Padre Boscà se puede ver claramente indicado tal lugar e incluso el dibujo que representaba a la horca.

Si tomamos la Lonja como referencia, un par de metros por delante de su fachada principal se alzaba la muralla musulmana de la ciudad. Por lo tanto, estas ejecuciones se realizaban extramuros.

Escudo del Reino de Aragón en una de las esquinas de La Lonja. A escasos metros se alzaba la muralla musulmana y a sus pies, la horca pública de la ciudad.

Hay que situarse en las costumbres medievales para entender en toda su extensión lo que significaba este lugar y por qué se llevaban a cabo las ejecuciones en él. La justicia de entonces era fundamentalmente ejemplarizante. Por ello, ahorcaban a los reos y dejaban sus cadáveres allí colgados, expuestos a la vista del pueblo que, de aquel modo, aprendían lo que les esperaba si se revelaban o actuaban fuera de los preceptos del poder establecido. Y dado que el lugar en el que se concentraba el mayor número de personas era precisamente el mercado, allí era donde se colocaba la horca.

 

La Real Iglesia de los Santos Juanes: El templo maldito de Valencia

No había que irse demasiado lejos para encontrar otro de los puntos con más energía negativa de la ciudad: La iglesia de los Santos Juanes, también llamada Sant Joan del Mercat o Sant Joan de la Boatella. Un templo cargado de sucesos dramáticos a lo largo de su historia desde su construcción en el año 1245 sobre una antigua mezquita. Procede, por tanto, de los años inmediatos a la conquista de la ciudad por el Rey don Jaime I.

Multitud de incendios a lo largo de su historia acabaron una y otra vez con gran parte de sus tesoros artísticos, siendo el primero documentado en el año 1311. Sería reconstruida, ya con estilo gótico, y volvió a sufrir otro incendio en 1362 que acabó con el Altar Mayor. Volvería a ser reconstruida y permaneció intacta durante dos siglos hasta que volvió a ser pasto de las llamas en 1592 teniendo que ser reconstruida de nuevo en su práctica totalidad.

Pasarían otros 300 años hasta que, con la Guerra Civil ya en puertas, el 17 de julio de 1936 se produjo un nuevo incendio, a manos de las revueltas callejeras de preguerra, que duró tres días y tres noches acabando prácticamente con todo. Entre los tesoros desaparecidos para siempre, el retablo mayor de 1628, obra  del escultor aragonés Juan Miguel de Orliens.

El último episodio de la dramática historia de Los Santos Juanes lo ha protagonizado hace apenas un año un proyectil que ha permanecido sin explotar encajado en el borde izquierdo del gran óculo de piedra de su fachada principal (recayente a la plaza de Brujas). La bomba había sido disparada a corta distancia para volar la puerta del templo tras el incendio de julio de 1936, quedándose resguardado y sin explotar en el interior del grueso muro de piedra y en el momento de su desalojo por los TEDAX, ya en 2017, seguía con su carga explosiva intacta.

 

La Santa Inquisición en Valencia

Junto al Palacio de los Borgia, actualmente sede de Les Corts Valencianes, y frente a la Iglesia de San Lorenzo -otra de las mezquitas que el rey don Jaime I mandó ‘cristianizar’ en 1238, por cierto- se alza un edificio de color blanco y aspecto señorial que data de 1900. Sin embargo, pocos conocen que, cuatro siglos atrás, justo en su lugar se alzaba el Palacio de la Inquisición, con fachadas recayentes a las calles de Navellos, La Unión y Samaniego, como el antes citado.

El caso es que, desde el traslado de los inquisidores a este palacio en el siglo XVI -antes habían estado en el también desaparecido Palacio Real- hasta 1863, año en que fue vendido a los Trénor, en su interior se produjeron acusaciones, juicios, torturas y condenas a miles de personas que, en la mayor parte de ocasiones, habían cometido un delito: Ser pobres.

Edificio que ocupa el lugar del Palacio de la Inquisición en Valencia.

Los métodos de los inquisidores para arrancar las confesiones de sus víctimas eran variopintos, pero todos ellos tenían un elemento común: una crueldad sin límites. Así, el sistema de tortura más común era el conocido como ‘la Garrucha‘, que consistía en colgar al reo con las manos atadas a la espalda y un peso extra en los pies, izándolo hasta una altura considerable gracias a una polea, para luego dejarlo caer de golpe sin dejarle casi tocar el suelo. El violento tirón provocaba dislocaciones y dolores insoportables que terminaban por rendir la voluntad del reo, que confesaba todo aquello que le pidieran.

Ya condenado, el reo emprendía desde el Palacio de la Inquisición un penoso viaje a ojos de todo el mundo en un auténtico via crucis cuyo objetivo era doble: servir de ejemplo, por un lado, y someter al reo a su postrera humillación pública.

Para ello al reo se le ponía un ‘capirote‘ o gorro puntiagudo en la cabeza, y lo que se denominaba el ‘Sambenito‘: dos tablas iguales, una sobre el pecho y otra sobre la espalda, en las que se escribía el motivo por el que se le había condenado. Dado que el nivel de alfabetización entre el populacho era prácticamente inexistente, a la inscripción se le solía acompañar con dibujos alusivos al delito. Y sí: las expresiones ‘tonto de capirote’ y ‘colgar el Sambenito’ proceden exactamente de este particular castigo.

Iglesia de San Lorenzo, edificio que enfrentaba al desaparecido Palacio de la Inquisición.

Su destino era la plaza de la Virgen, la de la Almoina o la del Mercado, dependiendo del tipo de ejecución al que era condenado, tal y como hemos visto. Así, este último escenario de nuestro periplo por una Valencia oscura, lúgubre y temible y, para muchos, desconocida.



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